¿ESTAMOS ENTRENANDO PARA GANAR O PARA VIVIR?

Vivimos en una sociedad que habla constantemente de competencias. Las
empresas las buscan. Los centros educativos las incluyen en sus programaciones.
Las familias desean que sus hijas e hijos las desarrollen. Y las personas jóvenes
las necesitarán para afrontar un mundo cada vez más cambiante e incierto. Sin
embargo, hay una paradoja que merece nuestra atención.
Sabemos que habilidades como la comunicación, la gestión emocional, la
resiliencia, el liderazgo, la capacidad para trabajar en equipo o la resolución de
conflictos serán fundamentales para el bienestar personal, la convivencia y la
empleabilidad futura. Pero pocas veces nos detenemos a pensar dónde y cómo se
aprenden realmente.
Porque estas habilidades no se adquieren escuchando una explicación teórica. Se
desarrollan viviéndolas.
Aprendemos a comunicarnos cuando tenemos que coordinarnos con otras
personas para alcanzar un objetivo común. Aprendemos a gestionar la frustración
cuando las cosas no salen como esperábamos. Aprendemos a liderar cuando
alguien confía en nosotros y nos permite asumir responsabilidades. Aprendemos a
trabajar en equipo cuando comprendemos que el éxito individual depende también
del esfuerzo colectivo.
Por eso resulta tan importante reconocer el enorme potencial educativo de
aquellos espacios que tradicionalmente hemos considerado complementarios. Y
uno de ellos es el deporte.
Cuando pensamos en deporte solemos pensar en competición, rendimiento o
condición física. Sin embargo, para miles de niñas, niños y adolescentes, el
deporte constituye uno de los principales espacios de socialización fuera del
ámbito familiar y escolar.
Es en un entrenamiento donde muchas personas jóvenes aprenden a perseverar después de un error.
Es en el vestuario donde descubren el valor de la pertenencia a un grupo.
Es durante una competición donde aprenden a gestionar la presión, la incertidumbre o la derrota.
Es en la relación con sus entrenadoras y entrenadores donde encuentran referentes que pueden influir profundamente en su forma de entender el esfuerzo, el respeto o la convivencia.
La pregunta es sencilla: ¿somos conscientes de ese potencial educativo?
Con frecuencia, el resultado deportivo ocupa tanto espacio que olvidamos todo lo
demás. Sin embargo, dentro de unos años pocas personas recordarán el
marcador de un partido infantil. Lo que sí recordarán es cómo se sintieron, qué
aprendieron sobre sí mismas y qué personas les ayudaron a crecer.
Quizá por eso cada vez más voces insisten en la necesidad de ampliar nuestra
mirada.
No se trata de dejar de enseñar técnica, táctica o estrategia. Tampoco de
renunciar a la búsqueda de objetivos y resultados. Se trata de comprender que el
deporte puede ser mucho más que eso. Puede convertirse en una escuela de
vida.
Una escuela donde se entrenan competencias que acompañarán a las personas
mucho después de abandonar una pista, un campo o un pabellón. Competencias
que influirán en sus relaciones personales, en su capacidad para afrontar
desafíos, en su bienestar emocional y en su futuro profesional.
En un momento en el que tanto nos preocupa preparar a las nuevas generaciones
para el futuro, quizá merezca la pena recordar que algunos de los aprendizajes
más importantes no ocurren necesariamente sentados frente a una mesa.
A veces suceden mientras alguien anima a un/a compañero/a que está a punto de
rendirse. Mientras un equipo aprende a colaborar. Mientras una persona descubre
que es capaz de hacer algo que creía imposible.
Y eso también es educación.
MIGUEL BASTOS
Docente-Técnico deportivo




Comentarios